Dos bocas insaciables (II)
A la mañana siguiente, empezamos a hablar desde muy temprano y notábamos que los dos queríamos que pasara algo entre nosotros.
No recuerdo quien lo propuso, ni recuero las palabras exactas, solo recuerdo que de repente estábamos buscando un hotel por internet que nos pillara cerca de los dos, nos decidimos por uno y quedamos en encontrarnos allí a media mañana.
Mientras subíamos en el ascensor no parábamos de hablar, estábamos nerviosos los dos. Entramos en la habitación y tras cerrar la puerta nos abrazamos y nos besamos directamente, esos besos que recordábamos de la noche anterior, por fin eran profundos, intensos, buscábamos saciarnos yo bebía de ti y tú de mí, mientras tus manos acariciaban mi cuerpo aprovechabas para quitarme la ropa, yo hacia lo mismo contigo, los dos teníamos prisa en saborearnos, en disfrutarnos y sobre todo en hacer disfrutar al otro.
Sin previo aviso me tumbaste en la cama y tras acariciarme un poco y rozar mis pezones con tu lengua, bajaste por mi cuerpo hasta meter tu cabeza entre mis piernas. Sentía tu lengua rozar mi rajita, yo estaba húmeda y tu saliva se mezclaba con mis jugos, la notaba rozar mi clítoris, entrar en mi vagina, volver a subir por la raja y llegar hasta mi botón del que te apoderabas, lo endurecías chupandolo, succionándolo, y mientras tu lengua me hacia disfrutar, me metías un dedo en mi vagina que entraba y salía primero despacio, para ir aumentando en velocidad. Me sentía al borde del orgasmo y tú lo notabas por los gritos que estaba dando, entonces dirigí mi mano hacia mi sexo y acelerando los movimientos de mis dedos sobre mi clítoris, llegué al orgasmo avisándote y tu boca bebió insaciable de mí. Todavía sentía los espasmos y tú soplabas suavemente sobre mis rizos y seguías pasando tu lengua sobre mí sin dejar que me recuperara, yo creía que no podría seguir pero cuando volviste a follarme con tu lengua, volví a sentir la pasión nuevamente, quería más y tu querías dármelo, querías que disfrutara y que gozara. Me pediste que me pusiera a cuatro patas y continuaste sin parar, tu lengua sobre mi clítoris, los dedos de una mano dentro de mi vagina y un dedo de la otra se abría paso dentro de mi ano. Yo solo podía agarrarme a las sabanas, mover la pelvis cada vez más deprisa y gemir cada vez más fuerte, porque cuando llegó el segundo orgasmo, fue tan intenso y tan fuerte que no podía ni respirar y solo acerté a decirte que me había quedado hasta sin saliva.
Nos tumbamos abrazados sobre la cama mientras yo recuperaba el aliento y mi respiración volvía a su ritmo normal, nos dábamos besos suaves y mi mano acariciaba tu pecho, bajaba hasta tu ombligo y agarraba tu polla erguida, entonces mi boca abandonaba la tuya y poniéndome entre tus piernas me metí tu pene hasta el fondo. Tú me pediste que lo hiciera lentamente y así lo hice, mi boca subía y bajaba despacio haciendo que entrara hasta el fondo, notaba tu capullo rozar mi garganta y provocaba arcadas en mí haciendo que mis babas resbalaran por todo lo largo de tu vara. Tras un dulce momento en el que mirándote a los ojos te veía gozar, me dijiste que te ibas a poner de pie, porque querías verme masturbarme a la vez que te la mamaba a ti.
Me excitó sobremanera tu propuesta y me resultaba un poco difícil concentrarme, porque contigo llevaba un ritmo lento casi sin mover mi cabeza y con una mano sujetando la base de tu polla... mientras la otra mano la utilizaba para masturbarme sobre mi clítoris con un ritmo cada vez más rápido.
En un momento dado me dijiste que te corrías y doblándote en dos y entre grandes gemidos de placer, derramaste tu semen dentro de mi boca, justo a la vez que a mí me sobrevenía un nuevo orgasmo.
Fue tan maravilloso corrernos los dos a la vez en una gran masturbación, habíamos disfrutado tanto los dos... que realmente no echamos de menos una penetración, no fue necesaria en ese encuentro, aunque si la disfrutaríamos otro día.
