Un paréntesis en nuestras vidas
Me encontraba sentada en una terraza de Madrid, comiendo con unos amigos cuando algo me llamó la atención, no recuerdo que fue, unas risas o alguna palabra pronunciada más alta, la presencia de una mirada sobre mí. .. no sé muy bien pero al volverme vi sus ojos clavados sobre mí. Allí estaba él, rodeado de gente, igual que yo, pero mirándome fijamente con esa mirada penetrante que me había vuelto loca tiempo atrás. Hacia mucho que no sabia nada de él, y en ese momento mi corazón aceleró su paso y sentía que se me salía del pecho.
No sabia si levantarme a saludarle, si le pondría en un compromiso al saludarle, y decidí esperar su reacción, debió pensar lo mismo y tampoco se atrevió, entonces me levanté para acercarme a la barra del bar, él se levantó a la vez, se acercó a mí, me saludo, nos dimos dos besos y nos preguntamos cosas insustanciales. Tras los saludos de rigor y preguntarnos con quien estabamos me dijo que había venido a Madrid por trabajo a dar unas conferencias y estaba con sus compañeros. Su voz ... esa voz profunda, sus ojos ... esos ojos negros en los que me hundía, sus manos ... esas manos que tenían cogidas las mías y me las acariciaba con sus pulgares. Hubo un momento en el que nos quedamos sin decir nada, solo mirándonos, yo me moría por un beso suyo, por estar entre sus brazos, de repente como si leyese mi pensamiento me dice que su hotel estaba muy cerca, que quería estar conmigo y yo mirándole a los ojos, asentí.
Nos despedimos cada uno de nuestros acompañantes y nos reunimos en la esquina de la calle, echamos a andar y sin hablar, solo mirándonos fijamente, llegamos al hotel, pidió la llave y al entrar en el ascensor me cogió la cara y me besó con urgencia. Ya en la habitación, los besos eran al principio intensos, hambrientos, salvajes, necesitábamos saciar la sed que teníamos el uno del otro, pero poco a poco fueron más dulces, más suaves, recreándonos en el reconocimiento mutuo, las manos recorriendo los cuerpos y separándonos el tiempo justo para quitarnos la ropa.
Caímos en la cama necesitados de abrazos, de besos, de caricias pero sin prisas, teníamos toda la tarde, toda la noche por delante para disfrutar el uno del otro, para hacernos el amor, con furia, con rabia, con dolor, con suavidad, con pasión ...
Fue una noche inolvidable pero al llegar la mañana los dos sabíamos que nuestro paréntesis había llegado a su final, con buena cara por fuera y tristeza por dentro salimos los dos del hotel para continuar cada uno con nuestra vida sin mirar atrás.
